mejorlavidasimple

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martes, 24 de mayo de 2016

cuentos vivos

te cuento que
no hay nada
como incubarlo entre los brazos
pero no mirarlo
no abrazarlo
sólo querer tenerlo entre las manos
retenerlo
y llegado el momento,
soltarlo
momificarlo
o enterrarlo.

darle otra vida
allí donde la tierra es azul
y el mar marrón o verde como la tierra antaño,
allí
donde las gaviotas siguen llegando,
donde el polen se acumula
debajo de las ingles del parado,
de los pies desnudos
rasgados.
nada como sentirse humano
sólo
porque está a tu lado,
porque estás a su lado,
porque has sido arrancada de un puerto de barrio
con olor a tango apretado
lúgubre y tosco
pero con ese ritmo tierno y ronco.
por eso
te cuento este relato
porque
viviendo a su costado
no sangra la costra del cuerpo
ni es rojo el ocaso
y el amanecer barre con cuidado
el cadáver de un invierno
que pudo aplastarnos.

a estas horas
apenas hago un movimiento
para no despertarlo.
me duele la cadera,
los hombros,
las células del amor
y el bazo.
pero no me muevo
para no inquietarlo.
para muchos soy la esclava
para otros,
la firme candidata a perder la batalla.
creo que ni unos ni otros
saben de qué hablan.
cuando se tiene algo como esto,
no cabe un pensamiento sólido
que perturbe
el sueño.

no espero que vengas a verlo
no hay tiempo,
por eso
te lo cuento.
se está yendo.
hoy
es calor y hielo,
es una habitación con persianas echadas,
un párpado que no muestra el intenso ardor de su mirada.
sin embargo
no hay nada como sostener su duelo
su derrota en mis dedos,
unirlo al instante con un simple alfiler
y amarlo
como a ti antes.
voy a ducharlo en el mar,
a este fósil de ciudad con nombre borrado
que no reclama nadie,
y gastar el minuto final de los mortales,
ese minuto en que se acepta
que la vida se va sin darnos cuenta.
voy a acunarlo
a cuidarlo
a mimarlo
a besarlo
porque no puedo salvarlo.
no me digas que lo suelte
sólo a ti te dejé
y te cuento,
no voy a olvidarlo.


miércoles, 18 de mayo de 2016

Hilar

nos retorcíamos
coma larvas
en el techo de una galaxia enana,
nos lanzábamos pétalos negros
sobre la cara,
sobre unos diminutos ojos que asomaban
por las vendas
por las sábanas
por el hilo sucio que juntos
nos ahogaba.

sufríamos
la misma charca empantanada
la misma corriente nos hundía
nos unía
nos condenaba.

pero volvíamos
para retorcernos
sin miradas,
con la lanza guardada,
sin gota de agua en la mampara.
éramos revistas
en unas manos tristes y agobiadas,
papel higiénico
que un niño pinta sobre su cara.

no cabían tus dedos,
el verbo o la palabra.
nos retorcíamos
en absoluto silencio
en una soledad programada.
y yo hilaba
hilaba
dando forma al envase
que cubre todavía
el sueño prodigioso de las hadas.

lo poco
que ocupábamos,
era mecido y vencido
por la sed
el hambre
o cualquier otra necesidad no declarada.
y yo no comprendía
pero hilaba.
esa fue
la última vez
que algo así
nos pasaba.

después,
no nos retorcimos más.
la lluvia acelerada
mojaba la seda bruta
mojaba las alas.
las tuyas,
de algún modo,
en algún movimiento,
encontraron el giro
que esperaban,
estuvieron abiertas
frente a mí
un segundo,
y luego
te llevaron con ellas
cuando estaba de espaldas.
tal vez
no estés cerca ni lejos,
tal vez
en otra habitación
o en el mismo techo.

mis alas
están mustias
no nacen
no crecen
y quien no vive
no muere.

engordo,
tengo el espacio lleno
y me han prohibido volar
con tu recuerdo.
me pesa
como hierro
el no retorcernos.

ahora sé
que hay mariposas que no llegan a tiempo.

y yo hilo la vida,
hilo
aquí arriba,
con un absurdo miedo en las esquinas,
con vértigo
con picor,
oyendo todavía
tu risa
en el forro de la vasija,
sintiendo una prisa
que levanta polvo en la pared amarilla.

y ya no hilo
como hilaba,
aquella fue
la última vez
que algo pasaba.
 

sábado, 14 de mayo de 2016

hay otra mujer

es la soledad
que dejas cuando duermes,
allí
en el otro extremo en otro mundo,
y aquí
a mi lado.
ya no soy la mujer
que conociste,
ya no soy la que pensé,
la que podría haber sido,
la que fui
y no habría querido.
La mesa huele a vino
a vino tímido,
del que se bebe a escondidas
en tardes ocupadas
cuando el amor te destapa y te quedas inmóvil
medio desnuda
sufriendo en silencio los dedos del invierno
en la membrana del alma,
con la sábana corta
con otro cuerpo cerca
con algo de ropa cerca
y sitiada.

en la madera
hubo llovizna,
queda un acné de carmín seco,
un par de hormigas aplastadas,
circunferencias claras
que evocan vasos apoyados y botellas baratas.
es sangre derramada
por una mano torpe,
por el temblor de un pulso demasiado borracho o asustado,
por el golpe de una náusea de reloj
en un estómago cargado de impuestos y raspas.
Alguien talló palabras,
formas en la tabla,
y en este sólido mar demasiado vivo
distingo el nombre de Ana,
también lunas a medias,
marcas de colillas negras,
es un lienzo a la deriva
apestado de recuerdos sin dueños
y dueños sin sueños.

un día rallaré este árbol muerto,
me agarraré a este tronco
o a otros
en este local abierto
que el sol ignora en su giro de lunes a domingo.
por el día, alternan los cafés con las miradas,
y en la noche,
cambian vasos por copas y ojos por camas blandas.
ya no soy la mujer
que se creía
lejos de los túneles yermos,
de la mediocridad y el desempleo,
del amor agotado después del embarazo,
de la muerte de estrellas delante de su cara cuando se peina o llora
tras la puerta cerrada.
siempre me pareció
demasiado pronto para rozar la nada.

ahora me miran con ternura
hombres acabados
porque no ven ni un solo dios caminar por mis labios,
juntos
sanamos frustraciones
no olvidamos,
pero regreso a casa puntual y a tu cama,
dando un beso a la infancia que ya no sabe a mi vientre
ni tiene el cordón umbilical que nos ataba.

Esta mesa huele a vino,
casi a una fatiga rancia,
a lo que deben oler las llamas que se apagan.
y de repente, a mi lado
una sombra fuerte y acabada:
Hola Ana.
Lo siento, no soy Ana.
Parece que la voz se marcha, pero noto
su boca seca como un césped sobre mi oreja:
Para mí…. eres Ana.
después pierdo su rostro completo,
y salgo del bar
con el huevo de un grito entre mis branquias:
¿quién diablos soy, Ana?


domingo, 8 de mayo de 2016

breve y falsa bienvenida

dices que
merezco
la ola de tinta
la llaga en el beso
la cuerda que aprieta la única vena con sangre dentro


que merezco
la tristeza que bombean las paredes
la cicatriz abierta en el frente
los dedos que marcan el polvo del mantel y el rencuentro


en la boca no quedan olores,
los sabores

mis ojos los dan por muertos.
te alejas
te marchas de nuevo,
caminas risueño
mientras odio tu ausencia porque salpica con mesura
mis medias,

la tez caliente del espejo.
estás
en la punta del anzuelo infectado
que muerdo,
sobre el papiro del pájaro

en barbecho.

apenas cabes
en la ecuación de grado preventivo,
soy

mi falta de método
de salidas
de aciertos.
a duras penas
puedo confiarte
el valor aritmético
de mi miedo.


por eso,
en lo poco que pruebo
llueve inmortal la nostalgia
de lo que no
de lo que sí
de los dos.


serás siempre
el dios
que antes de aprender a rezar,
pierdo.


siento la grasa
que ensucia el trapo donde me seco las manos,
suena un golpe en la tierra,

regresa
alguien distinto
alguien como tú
y dices,
que lo merezco.