mejorlavidasimple

mejorlavidasimple

viernes, 16 de octubre de 2015

mis cuerpos a mitades

te escribo con la mitad de mi cuerpo,
la otra, te desconoce,
es más, ignora tu existencia y no comparte contigo
ni renglones cóncavos ni párrafos convexos,
la otra, en realidad,
te echaría de las tripas revueltas del mundo,
del océano lunático que contamina tu huera elocuencia,
detesta tu implacable seguridad frente a la debilidad de las almas tensas.
la otra, nunca te abriría la puerta de madrugada
cuando las hojas de otoño se caen despiertas,
ni sostendría conversaciones en la pequeña mesa
mientras maduran fuera
las orejas del lobo,
las sombras móviles y negras de la selva desierta.

pero hoy te escribo con la parte que acepta en su regazo
los pétalos de piedra de tu abrazo,
las sonrisas de cántaro
que me dejas con cartero de Neruda en el buzón de abastos,
en la fina ranura de mi corazón abierto
donde se cuela la inundación salvaje de tu aliento,
la parte que te acepta,
que contiene todos mis vientres astrales y menstruales,
la parte que se duerme envuelta en la grasa del ungüento
que extienden sobre mi piel los cuentos que te cuento,
para ella,

tienes la superficie llena de extensos huertos,
y caben en tus manos los planetas
que nadie pintó en un cielo cada día más fiero,
le curas los dolores anfibios
que asoman a la superficie convulsa de mi unicelular pecho,
también mis quejas,
las que dejan colores deformados, palabras disueltas,
el fantasma y el cadáver dañado del pasado
que una y mil veces, regresa.

entre las dos partes,
la ciudad va apilando tiendas de campaña acartonadas,
amplios escaparates en los que puedan mirarse
la una a la otra

sin encontrarse,
en ambas, hay un rumor de angustia tormentosa que trae en la discordia
ruidos y gotas.
la mitad de mi cuerpo
te escribe una carta extensa, cientos de puntos y comas rectas,
llena de luciérnagas en jardines o libélulas en pozas verdosas,
la otra,
sondea en la carne, la marea de café que decae y arde,
los barcos cargueros que entran y salen por un lado del presente indiferente,
ella nunca te llamaría para hablarte.

pero al caer los glóbulos blancos con la tarde,
cualquiera de las dos son la misma, y tiende a la unidad la luz del aire,
entonces se suplantan, se mezclan la savia,
chupan el néctar de la vida con hambre mansa,
la que escribía, te ignora,
la que te negó, te adora.
así

en el templo de las letras,
la mitad de mi cuerpo y la otra
comparten el último tallo amargo de tu sombra

que en ninguna nada, brota.

lunes, 5 de octubre de 2015

la mariposa en el estiércol

me he levantado con miedo,
sigo con miedo
miedo porque ayer leí algo que no entendí
y porque entendí que cualquier algo puede llegar sin previo aviso
y que daría igual que llegara con previo aviso
porque al final, lo desastroso es que llegue
a mi vida
a esta existencia en la que hoy
me he levantado con miedo
en la que sigo con esa punzada en los vértices débiles del bajo cuerpo,
allí donde caen los atléticos rayos ambiguos
de la incertidumbre cruda sin condimentos
de la que no se procesa la carne ni los deshechos.


me he levantado con un mal recuerdo de un pensamiento
que cuando quise ahorcarlo
prefirió huir por la fosa cavada entre dos sacros defectos,
y vi de nuevo
aquella mariposa blanca sobre el estiércol
que se posó en la mierda con invisible tiento
que se sintió insegura pero que ya no pudo volar muy lejos.


y esta triste manera de perder el tiempo,
de pedir por señas al afecto, propinas a la puerta del colegio,

puede que sea el padre de un grito que tengo desde hace tiempo,
un grito bien educado, técnico, amordazado y atento
en un poste de teléfonos
anegado en la mala prosa del aliento nocturno de los bares despiertos
los que suenan cuando hay oscuridad y un profundo silencio.


tengo un aullido que escondo al público y está hambriento
que creí sumiso en su encierro, pero que llevo expuesto
a piratas y veletas,

a un sol de chicharra que disipa a profetas y expertos,
es un ladrido

que pega las alas del unicornio negro en los libros de infancia
los que narran pequeños pasados, que no fueron.


me he levantado con miedo
un miedo que combate todavía con los tallos roídos de mis sueños
que inventa estaciones donde cobrar la entrada, al deseo de seguir viviendo
que conoce las vidas vecinas,
que baja la escalera sobre la barandilla
sin tocar un peldaño ni una seguridad
como un relámpago de delirio en la pesadez del empeño,
un miedo
que siembra en el fondo de las camas migas duras de pan seco
y deja canas en la almohada planchada.


la muerte, como antes la vida,
se conjuga con todos los verbos y en todos los tiempos,
vuelco el recipiente ingenuo después de mucho pensar
o sufrir,
y dejo sobre el suelo lo que nunca me llevaría al desierto.


lo sabes, y lo siento
tengo entuertos, que tal vez merezco,
a solas, saco las espinas del pecho, me desenredo el pelo,
toma lo que describo
como el simple pellejo de un temor asado en el espejo,
como un secreto, que no sé por qué
sólo a ti, desvelo.