mejorlavidasimple

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lunes, 28 de septiembre de 2015

el cuerpo se enfría vestido

el cuello de nubes anudado,
las mejillas hundidas
con el rastro marcado de un neón apagado,
las piernas hinchadas con ríos azulados de cuencas llenas
en los que el cristal partido se refleja.
El corazón todavía absuelto
en un pecho que hace unas horas guardaba restos,
en la nevera, un mar en sombra

y la sal que frena
el latido arrítmico de una gota de sangre que recorre
los caminos trazados por el hambre.
Tiene el estómago perforado por pecios errantes
y en el vientre,
cometas inestables que ofrecen su secreto a luces tenaces.

Es hija de un universo de placeres áridos
con sabor arrollador y urbano,
va unida a la nimiedad de una vida desnuda que tropieza
con la temeridad de una nana que a solas regresa.
Su voz se vuelca sobre los labios amigos del enemigo
y ahuyenta los favores nocturnos de los cuentos de hadas,
cuentos que nunca saben que el mal, a veces
gana batallas.
Su rostro de perfil

deja alguna peca en la almohada hueca,
en una habitación que calientan
los soles que custodian a ciegas las rejas,
todavía está el rocío de las falsas perlas por la piel sedienta,
por la telaraña que apresa el vuelo cojo del poeta,
por la botella llena que se deja abierta.

En los poros más grandes
siembra pequeñas lunas negras,
y en sus muslos, un par
de deseos durmientes
calan hasta los sueños recientes.
Su cuerpo apenas se mueve
sigue alerta
no quiere distraer a la presa perfecta que se aleja.
Todos los sueños de infancia caminan lisiados y directos a ella,
por el espejo ve lo que sus espaldas llevan,
la porcelana de una niña que dice que no duerme
que cierra los ojos mientras sus pupilas por debajo de los años
se dilatan y tejen,
a pesar del olvido que vendrá a devorarla
a pesar de los bosques que mueren tras tocar la persiana
a pesar de los torpes dedos que prometen cuidar
la frágil puerta de su casa.
Ya mujer, tantea el lienzo de hierba nevada en la cama,
la lámpara deja apagada,
sabe que el invierno llega,

que apenas queda leña en la mirada,
sabe que el cuerpo que no has conocido, se enfría vestido.
Mientras
en algún suelo prohibido a sus ganas,
tú miras con afónica armonía la página que escribes,
la imagen que descargas,
ella,

antes de salir del hotel, de cruzar la plaza,
deja una noche todavía caliente en la entrada,
y entre flores de plástico

un amor que vivo
se le clava.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

cuando un último momento

en el último momento que entraste
supe que no te buscaba,
que harías de mi ternura un campo de amapolas asustadas,
que esparcirías el frío de tu sangre agitada
sobre el sudor de la tela estrenada
o sobre el lugar noble
donde engordan rosas las ilusiones pobres.
Ahora tienes en tus metálicas esposas
mis manos revoleteando nerviosas,
y aprietas extrañado las cuatro muñecas que formamos,
creo ver entre tus dientes
una suerte de destino hiriente,
y un viento que, solo y en el fondo,
mueve el telón estriado de pana rojo,
no sé que decirte
pero no te preocupes,
me pasa a menudo cuando salgo a tantear el mundo,
y si apareces,
lo que quiero es llevarme mi timidez a otra parte,
simplemente, marcharme.
Afuera me espera un páramo precioso
con un silencio ronco y pastoso,
caricias que envejecen mi cuerpo poco a poco,
ese olor urbano a justicia caduca en las aristas
convertidas en vertederos de sueños y revistas,
pero no te inquietes,
sé recorrer los raíles sintiendo el hierro caliente,
y no me arrojo,
dos centímetros del suelo son una frontera invencible
para las vidas que saben a poco.
Lo raro,
es que eres exacto al alma que esperaba,
llevas el mismo traje,
los mismos gestos en la misma cara,
la dosis justa de azúcar en la voz, de pan en la mirada raspada,
y has sido puntual,
y has cerrado la puerta después de cruzarla.
No es sólo esta cita,
es el resto de las citas que vengan,
serán
como un poema que no sabe qué hacer con la cordura yerma del poeta,
como las armas que no escapan de las guerras,
como la paloma lisiada y ciega
que herida de bala o tristezas
ya no quiere encontrar el camino de vuelta a la casa materna.
En el último momento, me di cuenta

que algunas moléculas de humo andan sueltas,
que entre nosotros echaba el ancla una magia perversa,
que las luces que tendrían que arrullar nuestro deseo
lo quemaban, lo echaban por tierra,
en el último momento, en el que todo pesa,
olvidé que era yo
el punto de la letra que falta

sobre la mesa.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

desamanece

en la pantalla
un nombre corto iluminado
es un desamanecer inesperado,
un sol deseado y atrofiado
que talla pecios hundidos
en los fondos inestables del cuello y de la espalda,
también en las calles salinas de la cara
que bajan del imposible punto azul de su mirada.
Aguanta con una dificultad pastosa
ese objeto en sus manos que no habla,
el batir alterado en sus pestañas,
en los dientes, la timidez crónica,
en el vientre, la piel áspera del vacío que escapa.
Esa lectura secreta de los caracteres
deja un aire de alas pardas que aspira y raspa

la superficie asfaltada de un lago sin cascada,
pero ella cruza el agua
mostrando sus huesos felinos al destino que aguarda.
Los pies regresan solos

al deshogar con niños a la entrada,
al lecho conyugal donde no quedan ganas,
las armas y las sábanas están intactas,
hay un cuerpo familiar petrificado en el lado derecho de la cama,
el suyo se comprime silencioso, seguro en los abismos,
cuando al final del colchón se anuncia el precipicio.
La casa
es la calima perversa de una noche apagada,
y el mundo,

las letras borrosas sobre la pared blanca,
por eso, recita de otoño y de memoria,
con la voz envuelta en manteles de mesa,
un número de teléfono, un verbo encendido,
el nombre en el cuadro mínimo.
Lo escrito en la pantalla es el relato inexacto
del invierno que regresa,
de un futuro que carga
con el cadáver fresco de la belleza.
Ella salió mil y una noches
pisando torpe el último peldaño del único portal del barrio,
planchando con las palmas abiertas la ropa con manchas y reseca,
ella es de movimientos lentos, cargados de burbujas estalladas,
de aromas filtrados por la tapa abierta de conservas pasadas,
despacio, como luna menguante,
volcó vasos enteros en tascas y bares.
Hoy es mar que revienta,
que no deja de correr por la cuerda floja que silencia
el deseo baldío de las almas que incuban penas y perlas,
caer en jardines, cultivar flores rojas,
asaltar con besos de farola cuerpos astrales, gotas,
iluminar las esquinas a deshoras,
porque la vida
es un horizonte que desamanece sin perfiles ni sombras,
una catedral que todo pecho diseña y amamanta
por pura necesidad,
por hambre de pan tierno,
por responder a un súbito mensaje incierto
venga del efímero cielo o del fútil infierno,
aunque retrate un desamor,
el último acierto.