mejorlavidasimple

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jueves, 26 de marzo de 2015

Hubiera nacido contigo


Me quedo aquí
pegada a un cuerpo que desciende
pero ¿a dónde?
Voy por angostas tuberías
que arrastran el desecho imaginario
de un cuadro irrealizado,
voy con la mujer soñada que me trata
con la cadencia de las flores muertas.
Estoy aquí,
quizás por esa hiriente razón atronadora
que me arroya,
me pasa por encima con un coche niquelado
que yo misma he limpiado.
Y desde esta posición acomodada,
veo pasar las victorias que lloran

a sus hijos caídos en derrotas.
Voy empapada del sudor de una gota,
oculta en la arena hasta las cejas,
mutando en un desierto irrespirable,
siempre buscando el lugar
donde nunca nadie
me pregunte ni me alcance.
Y baja a mi lado, un temor lozano y ordenado
que parece mío,
la misma partitura, el mismo engaño,
el mismo desaliento viejo
que bebe arrodillado detrás de las cortinas
cuando la noche entra y le viola con prisa.
Me quedo aquí
pegada a un corazón que no puedo dejar solo
pero ¿por qué?
tal vez porque él me lleva y yo le ofrezco
un deliro de amor ingente en mala compañía,
late y no cuestiona ni mi calor frío de estío
ni la sonrisa averiada en el taller tirada,
ni siquiera la nueva promesa en la que él
simplemente, no cuenta.
Voy navegando entre tibios destrozos,
los míos sobre todo, pero también los de otros,
voy entre lo hecho sin pecho
desde esa cobardía humana
que anula el valor necesario
que francamente, me falta.
Hubiera nacido contigo, lo digo,
pero soy de aquí,
y como el grano sembrado en algodón mojado
vivo esperando,
soy carne de descenso
que echa raíces para no llegar lejos,
voy a esa nada sagrada que casi,
casi ya siento.

lunes, 16 de marzo de 2015

Delante

Delante, delante no hay nada,
me lo dicen dos manos de mujer
que sólo yo sé
empiezan a aflojarse,
a hincharse, a doblarse cuando la tarde escapa,
me lo dicen estas curvas que ya no contengo,
estas canas que como un truco de magia
y según la luz,
nacen entre el césped y la ropa gastada,
entre el cristal y este rostro,
entre el espejo y mi reflejo.
Delante, delante no hay nada,
porque detrás están todos los calcetines largos,
el uniforme azul,
el gesto articulado
que reventaba mis labios de un placer combinado.

Detrás, detrás está el adiós en musidos puertos
donde de lo que obtuve,
quedó un solo punto cierto

en la curva afilada de un horizonte hambriento.
Están los naufragios aceptados,
los vasos llenos de abrazos ahogados,
los enemigos buenos
que sin saberlo, te roban un mal momento,
y está, ese perfume fuerte de hembra
que guarda la colmena,
que ahuyenta de la cría tierna
la mirada del lobo
que duerme siempre, demasiado cerca.
Delante, delante no hay nada,
soy hoy la versión incrementada de la misma planta,
el planeta tendido en la ventana, entre galaxias,
la estrella de mar picada por gaviotas, dolida por el sol,
que aguarda con cierta inquietud las horas.
Y danzo, ahora o desde siempre,
un baile intermitente del que no recuerdo
ni siquiera los pasos,
y menos,
a quién agarro.
En ese detrás, se hunden bocetos y objetos
que flotan en un azul modesto,

que descienden lentos
al fondo que acuna igual
a monstruos errados
que a lunas caídas del beso.
Detrás, detrás están esas columnas asimétricas

hechas de piedra y papel, en tinta de color incienso,
esas esquinas secas a las que la lluvia negra no llega,
folios que tumbará la noche
cuando con un golpe borroso, nos toque.
Delante, delante no hay nada,
y detrás no estabas,
y si detrás no estás,
puede que un día me canse
de mirar por ti este hoy a la cara,
y puede, que nada de lo que haga valga,
pero he dicho puede,
que es como decir quizás
o decir casi nada.

lunes, 9 de marzo de 2015

Tiempo escrito


Lo que importa
no lo escribe, no sabe
y cuando la noche de papel cansa
poco importa si está escrito,
su palabra es un rostro deformado
que ella busca de cualquiera de las formas
para dilatar la cara redonda y oculta
del fósil que trasporta en un reloj de concha.
Su mano desciende sola
sin ninguna reserva
por el páramo en blanco,
por esos labios partidos y delgados
de los trazos sudados,
y sólo por unas pocas letras,
y sólo para unas rancias horas,
viste de falda corta y blusa fina
aunque luego con ellas puestas
se arrastre a la frontera
sobre el barro que forman
las cimas desiertas, las metas violentas.
Escriba o no,
ella reposa como un ave confiada
marcando la respiración cortada
de un volcán exiguo,
con entrañas calientes y ligeras,
con el corazón atento pero hendido.
Ella hace un ruido discontinuo
como de agua corriente
sobre un fregadero lleno de platos y restos,
y en la ventana,
deja relatos mordidos que después de leídos
se los lleva el tiempo al libro de los presos.
Con los dedos desvestidos
sacude la emoción,

sacude el momento,
para escuchar sobre el tablero despejado
cómo hierven las sílabas en tierra,
cómo suenan las odas pasajeras
antes de ser amor o no serlo.
Acaricia la materia viva
como una segunda piel que existe fuera y tibia,
los brazos de las plantas,
la espalda de las piedras,
el pelo del agua que chorrea.
Al final de las líneas,
están los dioses regios y tristes
que leen a escondidas las páginas prohibidas,
y está,
ese temprano golpe de cielo tiznado
que deja en ella algo irreversible y truncado,
algo que no cabe ni en la frase
ni en el hueco de un pecho exagerado.
Cansada ya, hace girar las tuercas del alma
tejiendo a gotas la otra mirada,
buscando un placer menor sin huellas anotadas,
para mover el ojo vacilante
de la palabra fija a la persona errante.
Y así, la noche de papel regresa
al umbral donde ella boca arriba tropieza
con su presente en las cuerdas,
la cotidiana negrura se lleva por un euro

y en periódico envueltos,
un puñado de versos.