mejorlavidasimple

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viernes, 22 de agosto de 2014

Olvido en femenino

Me olvido que soy mujer
y recorro las calles como perro abandonado,
para acabar
tumbada en aceras que huelen a alcohol ajeno,
la mirada fija y caída sobre pisadas trémulas
que guardan fresco
el barro de un zapato apresurado y pasajero;
y sé 

que anduviste a mi lado mordiendo rabias y rutinas,
sin percatarte de mi cuerpo anudado en el gris,
de la desazón que produce verte pasar cercano.
Me olvido que soy mujer
y escapo por la ventana como gata en celo
lamiendo las heridas del placer en las esquinas,
para que nadie note que voy tocada de ausencia,
desgreñada de insomnio,
hambrienta del calor austral
que en el otoño que creaste todavía cabe;
pero no es por ti que hago la noche
es para no morir hoy
sin un miserable verso
que me devuelva el aliento.
Soy ave que amanece sin planes de futuro,
empapada en el sudor de un canto moribundo
de días sin alimento ni vuelos,
y no oculto
la grieta de las alas al pájaro vecino que pregunta
por mis ojos abrasados
por mis andar arrugado y lento;
no hay cielo que me aguarde,
ni azul divino ni infinito menguado que me busque
no hay cúpula ni estrellas sobre mi cabeza
donde arrancarse las plumas una a una
por un “sí” traicionero o un “no” sincero.
Me olvido que soy mujer
y huyo como pez en el agua de las manos que me atrapan
de tu sonrisa blanca y alquilada,
de la espuma negra,
del oleaje en las pestañas que la vida arranca;
salto del cubo y quedo en medio de unas piernas
aleteando mi ser extraviado
a la procura de un ancla en tierra seca;
y prefiero
tropezar con la locura
que hartarme de cebos formales y cordura.
Me olvido que soy mujer
para entrar en los portales,

en las jaulas,
en la fina piedra de la ranura de un alma,
hasta acabar abatida en tu nido,
muerto mi instinto animal y felino.

domingo, 10 de agosto de 2014

Costura de estío

Repaso mi falda, sus costuras,
puntada a puntada,
sin otro pensamiento que disipar en la tela,
por partes o entera,
tu falsa entrega.
Incómoda coso las dudas caseras,
las luces quebradas, las fotos apagadas,
y queda un ladrón elegante
robando en silencio
el ruido caótico del pecho.
Llegan brumas arrugadas a la entrada,
nubes manchadas de gotas afiladas
que enjaulan las ganas,
para que no escape ni reclame,
para que presa en la silla
no logre abandonarme,
ni olvidarte.
Cae la aguja, se pierde entre las piernas
y al tirar del hilo sale una pena tierna,
un miedo que parió la noche
un beso prematuro y seco
que debió caer tras un reproche.
Sigo cosiendo,
entro en el bar húmedo de colores tensos
con los dedos torpes,
a punto de encallar en cualquier pliegue
sin hacerlo,
a punto de naufragar en tierra firme
sin saberlo.
Con la mano cada vez más lenta,
más vieja la verdad roída,
corto sin tijeras la memoria,
estirando los puntos de la ropa
con deseos fríos de otras horas.
Siento una calma febril y sólida
resbalar por la cuesta de mi cuerpo,
y erosionar sin dificultad
los pálidos retales, famélicos recuerdos.
Queda tu eco de trapo oculto en una calle,
tu dialéctica segura y disonante,
los ebrios fantasmas del ayer
durmiendo en los portales.
Te miro, y no consigo coser derecho,
paso mi mano para ayuntar la ceniza,
las sombras tejidas,
las hojas de otoño perforadas y escritas.
Remiendo una alegría leve
que sigue encendida,
un anhelo sediento de realidad
que aún vibra.
En las últimas puntadas,
me fallan los ojos que te buscan,
las costuras abiertas me duelen como heridas,
el estío se enreda en sus algas nocturnas,
me pincho,
te pierdo en la falda,
al dios de lo banal y desunido,
le pido que remate lo tejido,
que diga quién diablos cosió
mi corazón furtivo,

al tuyo que adoro y esquivo.