mejorlavidasimple

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domingo, 22 de diciembre de 2013

Bruma

Hay bruma
que recorre las calles dibujadas
al borde de la cama;
y el puente por donde el día circula;
un tiempo que es sólo la sombra
de una infancia que cambia;
el brazo delgado que anuda
la cintura que no es joven;
el rostro entre las manos,
las ganas de arrancar la pereza del aire;
una marea que cubre héroes
que acabaron náufragos.
La dulce esperanza flotando
en el lago del sueño, ebria de ella.
Hay bruma
sobre la madre que acuna su pecho
y mece el futuro,
en el café viscoso derramado en la mesa;
debajo de la silla,
donde los pies se mueven inquietos;
allí donde queda el volumen que desplazas;
en la butaca de al lado
cargada de aplausos silenciosos,
de torpes abrazos, de pocas promesas;
el universo entero
apretado en el armario contra la ropa usada,
y debajo de todo, tu rostro en caja fuerte.
Hay bruma,
en las facturas, en la guerra infinita,
en los otros, en ti y en mí,
sobre el menú de las cosas que no son dichas.
En el verbo que rompe la botella
y redime el mago;
en tu piel sin afeitar que araña,
en la cáscara fina de la vida,
en el vestido suelto
de la bruma.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Tu estancia

No dejes que unos pocos peldaños
nos marquen la suerte,
ni las ganas de verse en la sala;
la edad cose la puerta,
la distancia que llama,
no puedo borrar de mis ojos los tuyos.
No dejes de subir al piso alto
de esta casa con vistas pasajeras
a la vía de un tren que anda
herido de lluvia,
madrugador y errante.
El día amanece con ruido de cristales
del vaso que rompe el alba;
no logro desatar de mi pelo,
tu ruidosa ausencia,
la extraña existencia.
Y quien nos puso a los dos
en dos puntos del mar tan diferentes,
cuando la mañana encalla en la planta baja,
cuando llego a la mesa que ocupas,
con páginas secretas, escritas,
y subes de golpe el telón que la noche baja,
e iría con mis dedos,
bordando lentamente tu espalda.
No dejes que unos metros de pudor,
echen nuestros cuerpos
en buzones de señas diferentes,
y no tropecemos nunca

buscando la salida.
Reconozco tu voz en la estancia de abajo,
el pálpito que mueve las paredes,
el aire perforado que respiro;
me fijo en los raíles, detrás de la ventana,
mientras debajo de mí,
el único nombre imposible, vive.

 

jueves, 5 de diciembre de 2013

La nada que conservo

Conservo del amanecer
esa pequeña duda que crece a tu lado,
del día que no tengo y que no llega
del ancla lanzada que no toca tierra
del esfuerzo del ala que nace doblada.
Conservo de este atardecer,
un silencio viejo de trenes parados,
de alfombras manchadas al entrar en casa,
de puertas con letras cambiadas,
de paredes secas, arrugadas.
Y esta tos quebrada en la llamada,
nerviosa, atrapada entre hoy y mañana;
y esta sensación de ropa mojada,
de techos partidos y cuadros torcidos,
de una voz que no llega a entrar
que vive en los pasillos, en la ventana.
Conservo de este día
el olor caliente de la estela fresca que pasa,
de una lluvia a destiempo que nada cambia,
esa tierna torpeza
de quien siempre busca la misma piedra.
Todo lo que conservo,
la noche se lo lleva a dormir a su lado,
huele a incienso el momento,
las ruinas del presente,
el vuelo del minuto que comienza.
Hoy echaré de menos este instante,
el verbo que no tengo en la distancia,
la ola que no llega.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Darte a luz

Le dio a luz,
en las tres dimensiones
de un espacio recorrido por sus sueños,
todos creados por ella,
cada punto de cruz,
cada vuelta a la lana entre los dedos.
Le dio a luz expectante, y varias veces,
con sus manos de invierno entre las piernas,
sin reprimir el cuerpo y su desorden,
callada y hambrienta.
Le dio a luz,
gastando cerillas en casa,
jurando a cada fuego sofocado
no volver a intentarlo;
pero a penas vencidas las llamas,
le subía un abrazo del suelo,
y lo probaba.
Le dio a luz de repente,
arregla las flores, la jarra,
el volumen del mundo en la mirada;
las sombras le sacuden
las migas que llevaba.
Convoca atardeceres, salta barricadas,
le tuvo y no supo explicarse.
Huyó de sus dudas, azorada,
dejó de crecer en distancias,
salió a buscar el valle,
ese latido líquido del agua,
que siempre le salvaba.